Tomar la fresca

El otro día vi un anuncio que me emocionó. Y mira que no soy de lágrima fácil, pero cuando a una le vienen recuerdos de la infancia no puede evitar sonreír, y en algún caso, hasta soltar una lágrimilla.

El anuncio defendía la importancia de «tomar la fresca». Algo que los que somos de pueblo hemos visto y disfrutado todos los veranos. Cada silla distinta, plegables, de escay, de playa e incluso las más arregladas del salón. Y ahí tenías todas las noches grupos de ocho o diez vecinos que, después de cenar, sabían que llegaba el mejor momento de la jornada.

Anécdotas del día, cotilleos de alguien del pueblo o de algún forastero, anécdotas mil veces contadas de años atrás… El porqué era secundario. Lo importante era el con quién. El tiempo y la atención la merecían los que estaban ahí contigo y hasta el silencio se disfrutaba en compañía.

Y era en cada calle, en cada rincón, donde se formaban esos espacios de conversación donde todos cabían, donde todos eran escuchados, vivieras en esa calle o en una distinta. Tu silla y tú siempre erais bienvenidos. Estas escenas regresaron a mi cabeza y vi a mis padres en la puerta del almacén, con la tía Irene y Miguel, con mi vecina Palmira y Jesús, José Luis y María Jesús. Generaciones distintas que compartían y disfrutaban de su tiempo con los demás. Y no, no había móviles ni distracciones. De hecho, la mayor distracción de ese momento para mis amigos y para mí era cuando mi madre aceptaba ser madre de todos y jugábamos con ella a churro, media manga o manga entera… Esa escena es imborrable.

Por eso, cuando ahora llega el verano y veo que esa escena cada vez se repite menos y que, en vez de compartir el tiempo con tu vecino, se lo dedicamos al móvil mientras pasamos decenas de imágenes en Instagram, es algo que me apena. Y no dejo de preguntarme ¿cuándo nos pasó esto?

¿Cuándo hemos dejado de compartir la vida con la gente que nos rodea para dedicarla a mirar la vida de otras personas que ni tan siquiera conocemos ni conoceremos? No lo sé, pero me apena.

Esas horas de conversación, charla y respeto han perdido terreno ante el silencio de la soledad, el mundo imaginario, inmediato y engañoso de las redes sociales. No, no hago una enmienda a la totalidad a la realidad de hoy ni planteo una vuelta a los años 60. No es eso. Pero sí, quiero más sillas diferentes, más vecinos sentados en ellas sonriendo y hablando y menos cuellos torcidos absortos mirando al móvil. Ojalá en algún momento seamos conscientes de la importancia de cuidar y escuchar al de al lado, al que vive durante años al otro lado de la pared, y dejemos de preocuparnos tanto por la vida de los que aparecen en nuestras redes sociales y posiblemente nunca lleguemos a conocer… Y mucho menos sentado a la fresca a nuestro lado.

Hace tiempo que dejamos la silla dentro de casa. Y quizá, sin darnos cuenta, también dejamos dentro una forma de estar juntos.

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