Una de las cosas más divertidas de usar palabras propias de Aragón es que las sueltas con toda naturalidad, en cualquier ambiente, en cualquier lugar y con cualquier persona, convencido de que las entiende todo el mundo. Hasta que alguien te mira como si acabaras de hablar en clave.
Ahí empiezan las explicaciones, las risas y esa sensación tan bonita de llevar un trozo de Aragón en la forma de hablar.
Recuerdo el día que entré en la habitación de Ana, una de mis compañeras de piso cuando estudiaba. Miré alrededor y vi la ropa por el suelo, los apuntes encima de la cama y la taza del desayuno todavía en la mesilla. Le pregunté si estaba bien y, sobre todo, por qué tenía semejante chandrío.
Primero me preguntó quién era el tal Chandrío. Si era grave lo que le estaba contando. Si era doloroso. Después quiso saber si había ido al médico. Y terminó preguntándome si era algo hereditario. Tardé un buen rato en entender que pensaba que el chandrío era una enfermedad. Cuando le señalé la habitación y le expliqué que simplemente quería decir que aquello era un desastre, respiró aliviada.
A partir de ese día empezó a preguntarme mucho más por todas las palabras que le decía y que, según ella, sonaban a chino.
Un día estuvo diez minutos buscando las llaves de casa. Miró en el bolso, en la cocina, en el baño y hasta debajo del sofá. Las llevaba en la mano desde el principio. No pude evitar decirle que era una modorra. Me preguntó qué quería decir exactamente y, cuando le expliqué que era una forma de llamar empanada a una persona, respondió que en mi pueblo teníamos una palabra para todo.
Otra tarde apareció en la cocina y me preguntó por qué iba descalza. Le dije que no encontraba los maripis. Se pasó un buen rato mirando al suelo y luego al techo antes de descubrir que los maripis eran las zapatillas de deporte.
Una noche, con Ana, abrimos una botella de Coca-Cola. Le di un trago y comenté que estaba esbafada. Ella la probó dos veces y dijo que sabía a Coca-Cola. Le expliqué que el problema no era el sabor, sino que había perdido el gas.
Un domingo volví del pueblo. Ana me preguntó qué había hecho y le dije que había ido de propio a ayudar a mi padre en el campo y que, estando en el huerto, había visto al menos tres fardachos. Me miró en silencio unos segundos y terminó preguntándome si podía repetirlo, pero en castellano.
Mientras intentaba traducir la frase, le advertí que tuviera cuidado al agacharse, no fuera a estozolar algún tarro con el pie o hacerse una nafra con la esquina del cajón de la cocina. Me respondió que no sabía qué era ni estozolar ni nafra, pero que haría todo lo posible por no hacerlo. Naturalmente, fue agacharse, tropezarse y un bote de tomate acabó estampado contra el suelo provocando una enorme ruidera.
Cogí la escoba y le dije que no pasaba nada, que ahora tocaba escobar.
El examen final llegó una tarde que vino a casa un compañero de clase. En media hora nos contó que hablaba tres idiomas, que había sacado matrícula en todo, que corría maratones, que estaba aprendiendo chino y que seguramente acabaría dando clase en la universidad antes de los treinta.
Cuando se fue, Ana me preguntó si ese chico siempre era así. Le dije que sí, y que además, cuando salía de fiesta, cogía unas cogorzas memorables.
Se quedó pensando unos segundos y añadió: «No sé qué será una cogorza, pero una cosa sí tengo clara: ese tío es un farute».
Sonreí. Ya era de mi pueblo.
Hay quien piensa que hablar así es hablar raro. Yo creo justo lo contrario: es conservar un patrimonio que no ocupa sitio, que no se guarda en vitrinas y que pasa de una generación a otra cada vez que alguien dice farute, modorro, estozolar o ir de propio con total naturalidad.
Palabras pequeñas, de andar por casa, pero capaces de llevar dentro un pueblo entero. Ojalá nunca dejemos de usarlas, porque cuando se pierde una palabra, también se pierde un poco la forma que teníamos de mirar el mundo.
Y en este mundo aragonés tan nuestro, la despedida es clara: ¡Tira pues… hasta el próximo domingo!